July 20, 2007: Ni analfabetos culturales, ni profesionistas expertos, ¿entonces qué somos?

El siglo veinte dio lugar al inicio del cambio del poder: del dinero al conocimiento (claro, y con el conocimiento, más creación de dinero, en un ciclo de millones). El siglo XXI es la centuria de la información para todos. El mundo por completo se abre, y el panorama estrecho de la humanidad, sin percibirlo nos ofrece toda su riqueza, más accesible, pero con grandes desafíos por delante.

Sófocles dijo en cierta ocasión: “sapere longe prima felicitis pars est” (el saber es la parte principal de la felicidad) y en The Traveller se encuentra la oposición: “Quien añade sabiduría, añade dolor”. Resulta entonces que esta cuestión podría ser un dilema: o se sabe mucho y se es feliz, o ese conocimiento acarrea pena. Que controversia.

Toda la serie de conocimientos adquiridos durante el proceso educativo de nosotros llamados profesionales, resulta del trabajo de pensadores modernos en diferentes disciplinas. No obstante, si se observa con calma se podrá entender que en realidad el hombre aprende poco; lo que hace constantemente, es descubir (parafraseando a Galileo). Descubrimos para cada época como crear mayor bienestar, mayor placer (en un sentido amplio del concepto).

Algunos grandes hombres y mujeres exponen sus ideas y logran impactar el comportamiento del hombre, la sociedad, las empresas, toda organización. Algunos otros exponen las más solemnes y magnánimas estupideces. Y ambos bandos tienen seguidores.

Decía Hamlet que “un discurso elocuente duerme en el oído del necio”, y con frecuencia en nuestra sociedad estudiantil universitaria logramos identificar a algunos cuantos dignos de ser enmarcados por esta frase de Shakespeare. Estudiantes sin criterio para debatir un argumento, pero excelentes imitadores, máquinas de grabación y repetición continúa de conceptos que desarrollan en las más autocomplacientes peroratas que les generan el pronunciar, ante un salón de clase, una que otra frase que ni tan siquiera es propia, sino de algún autor, al cual no se han tomado la pena de criticar, de cuestionar, de poner a prueba. Son cadáveres de la Edad de la Razón; y sin dudar padecer del “instinto borreguil del hombre” (the gregariousness of mankind).

En la universidad, en la vida de negocios, lo verdaderamente nutritivo es la argumentación con fundamentos. ¿De qué sirve aprender centenares de conceptos si no logran influenciar o motivar el criterio propio? “No queremos milagros, esos los puede hacer cualquiera, queremos argumentos”, mencionaba Góngora Trejos en uno de sus ensayos, narrando una historia antigua.

La verdadera riqueza de la educación radica en la demostración amplia y sólida de los conceptos por parte del docente, pero mayormente en la interpretación de los estudiantes.

Esto pues bosqueja dos situaciones: la primera es la falta de argumentación ante postulados que son expuestos, como se mencionó antes; la segunda es la naturaleza de los profesionales del mañana, que se puede resumir en una interrogante áspera, fría, casi cruda: ¿estamos educando y formando analfabetos culturales?

El segundo punto es quizás más preocupante que el primero, porque podría decirse que la falta de capacidad argumentativa es una consecuencia de la analfabetización cultural.

Y es que este proceso lamentable de analfabetización cultura no es tan sólo el que en cierto momento señalara Montaner, sino que trasciende a la actualidad y nuestros médicos, ingenieros, economistas, y demás profesionales carecen de conocimientos básicos que les permitan dar un sentido al presente, o puedan emitir su opinión sin temor al rídiculo o a la simplicidad. Culturalmente muchos resultan ser pobres; saben poco de uno que otro tema y se alimentan el intelecto con migajas; tienen un apetito cultural anémico. Schopenhauer decía que a los hombres de negocios sólo hay que hablarles de negocios, nada más, y señalaba que según Giordano Bruno la socialización con este tipo de personas resultaba en “conversaciones viles, innobles, bárbaras e indignas”.

Lamentable ciertamente, pero en algunas ocasiones, las menos gracias a Dios, puede ser así como Schopenhauer pensaba y es cuando nos tropezamos con el inculto profesionista experto.

Los defensores del inculto profesionista experto encontrarían sanidad en Newsweek, donde se preguntaba en una de sus ediciones del 2007, algo que parafraseo, en mi traducción: “¿debe un filósofo saber sobre cálculo matemático?¿debe un físico saber conjugar verbos en francés?”. Para muchos, se debe ser experto en un tema, y la educación humanista es marginal.

Es un debate centenario, que continuará, pero las dimensiones actuales deben llamar nuestra atención, y sopesar cómo somos afectados.

Nuestro personaje, el inculto profesional experto, sin saber (peor aun la pena) muchas veces es en realidad un pseudo-experto, pues sus conocimientos están muy por debajo del
mínimo necesario para poder servir convenientemente a la comunidad nacional. Elaboro: es pseudo-experto porque no sabe con solidez las bases conceptúales, las corrientes filosóficas ni los detalles técnicos de la ciencia o profesión que se vanagloria en exhibir. El inculto profesionista experto no duda en ofrecerse como especialista en temas que solo ha leído en revistas o uno que otro libro, pero nunca experimentado en mente y manos propias; no tiene cicatrices de ejecución, pero si un ego de varias capas de espesor que le protegen de la realidad y de la visualización de la magnitud de las potenciales consecuencias de sus acciones. “¿Serán una nueva cepa de terroristas? Solapados, pero capaces de acabar con una buena parte del negocio. ¡Qué delicado¡”, parafraseo a mi buen amigo Rodrigo.

“La universidad me da la licencia para salir a aprender”, se oye en pasillos. Dios nos libre de oír pronunciar estas palabras en futuros médicos, ingenieros civiles…Un momento: ningún futuro profesional debería tan solo atreverse a contemplar la idea de salir al mercado a “equivocarse con permiso”. Esto es educar, educarse/entrenarse, en la banda de la mediocridad y pensar que es tolerable un “nivel de defectuosos”, o que el desempeño menos que excelente es aceptable.

El inculto profesional experto no es un fracasado, un “bueno para nada”. No. Por el contrario, por lo general tiene un buen salario, maneja autos modernos, “se va de rumba” a los lugares más exclusivos, ha viajado a varios países; es más, hasta “buena gente”.

Pero, no deja de tener ese tufo de ausencia, es “no sé que” de que le falta algo. En ciertos círculos intelectuales sería un idiota. Y podría ocurrir la ironía y degradación supremas: “…ver idiotas triunfar en algo en lo que uno ha fallado”, decía Flaubert.

¿Y entonces? Bien, pienso para mí mismo, que hay que esforzarse por convertirse en el mejor profesional que uno pueda ser; esto implica dominar de los tecnicismos y postulados de nuestra materia de ejecución, para responsablemente poner nuestros talentos y conocimientos al servicio de la sociedad. Y debemos cultivar el humanismo, arte y literatura, conocimiento del mundo, para evitar caer en un mono-tema de conversación.

Así que, lea, viaje, estudie. No termine de luchar contra usted mismo, que todos tenemos algo de idiotas, de incultos profesionales expertos, y el antídoto está en la sed insaciable por beber más conocimiento, como parte de una dieta diaria balanceada.

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